martes, 25 de enero de 2011

Después de todo sé que nada es permanente.

Se me ocurrían demasiados cócteles que tomarme en una noche tan perfecta como ésa. Combinar sabores exóticos que hiciesen arder mi esófago con el resultado de sumar diferentes grados de alcohol con muchos números.
El vodka me sacudía el cuerpo con poca intensidad comparado con las descargas eléctricas que surgían entre mis piernas al contacto con su boca. Ni la peor de las torturas sería capaz de hacerme confesar lo que significaba eso para mi. Ni el peor castigo que se le pudiese ocurrir a alguien sería capaz de hacer que prescindiese de eso.
Sus dedos el limbo, su boca el paraíso.
Uno, dos tres, cuatro, cinco. Los números ya no servían para cuantificar en una escala las ganas que sentía siempre de morderle hasta el aliento.
Nunca he creído que obrar mejor o peor en la vida sea el acceso a la escalera que nos lleva al cielo. Lo único que creo es que con ver su cara mientras me besaba yo subía ocho peldaños.

5 comentarios:

  1. Alcohol y amor, que grandes drogas:)

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  2. Y un poco de grados (en alcohol y temperatura) para intensificar mucho más. Claro que sí. :)

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  3. Increible, un blog sencillo con muchas cosas por decir, me gusta...Y la entrada, me flipa bastante...wowwowowow !

    http://sucresrire.blogspot.com/

    Pasate :)

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